Me vale un potosí

Una columna de Palabra de Joven, por Aldo Sainz.

México, durante buena parte del siglo XX, sobresalió como una nación políticamente estable en contraste con otros estados latinoamericanos. La memoria aciaga de la revolución continuaba vigente en la mentalidad de muchos ciudadanos. Este conflicto, de más de veinte años de duración, si se toma al connato escobarista como su postrera flama, representa la última vez que existió una confrontación violenta con el expreso interés de cambiar el régimen, con dimensiones quince veces mayores a las de su más cercana contraparte contemporánea, el levantamiento zapatista de 1994.

México, durante buena parte del siglo XX, sobresalió como una nación políticamente estable en contraste con otros estados latinoamericanos. La memoria aciaga de la revolución continuaba vigente en la mentalidad de muchos ciudadanos. Este conflicto, de más de veinte años de duración, si se toma al connato escobarista como su postrera flama, representa la última vez que existió una confrontación violenta con el expreso interés de cambiar el régimen, con dimensiones quince veces mayores a las de su más cercana contraparte contemporánea, el levantamiento zapatista de 1994.

Los beneficios de este esquema unipartidista, si bien ampliamente controversiales dadas las múltiples violaciones de DDHH a través de la denominada guerra sucia, propiciaron que la violencia se mantuviera al mínimo; la infraestructura creció, y, si existieron obstáculos para el desarrollo, estos se debieron a las deficientes gestiones políticas y económicas. Todo en un contexto proteccionista; un estado aislado basado en la administración de la abundancia.

El fracaso de este viejo priismo propició, bajo los gobiernos de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, el tránsito al inicio de la hoy denostada era de las privatizaciones, o, como refiere el actual presidente, la era neoliberal.

Esta fue la receta tecnocrática de los titulares del ejecutivo ampliamente influenciados por las universidades estadounidenses, ya sea por su cuenta o gracias a su gabinete, ante la debilidad de una economía poco compleja, basada en la exportación petrolera y en autosatisfacer su consumo interno. Pero Latinoamérica encaró esta coyuntura de maneras distintas.

En Sudamérica, las brutales dictaduras propiciaron el surgimiento de una continuidad moderada, como en Chile, una reacción de viraje brusco hacia la izquierda, raíz de la denominada marea rosa, o bien, un vaivén deletéreo de ideologías contrastantes, fuente de la actual crisis argentina.

Y tal marisma ha llegado finalmente a costas mexicanas. ¿Qué puede esperarse?

La denuncia por el actual gobierno sobre la solución neoliberal, al calificar a los beneficiarios de ella como una minoría rapaz, se cimenta en un discurso que, si bien no es necesariamente erróneo en su totalidad, es eminentemente populista, y va en línea con el bolivariano: el postular que ello solo ha acrecentado el mayor mal de América Latina: la desigualdad.

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la desigualdad en acceso a la salud y la educación es la tercera parte de la existente en 1950. El único factor que se ha mantenido prácticamente sin cambios desde 1980, e incluso empeorado ligeramente, en esta era “rapaz” ha sido el ingreso, que es aquel indicador más palpable e inmediato por la población.

Fuente: PNUD, 2018, P.13

Existe en México un reto a este esquema, pero ¿qué alternativas han utilizado otras naciones para paliar la desigualdad?

Un caso de estudio bastante interesante, más allá de las odiosas referencias al lulismo, kirchnerismo, o el denostadísimo chavismo resulta Bolivia, una nación que lleva tres lustros con el mismo jefe de estado.

Sin embargo, al momento de analizar los principales indicadores de su prolongada administración, el saldo resulta mayormente positivo: Bolivia es el tercer estado más seguro de América Latina, y, si bien sus indicadores distan de ser deseables para una nación más desarrollada como México, la rapidez con la cual ha pasado de sólo ser el estado latinoamericano con menor crecimiento durante la década de 1990 a tener solidez económica, según diversos analistas, por primera vez en su historia, es impresionante.

El artífice de este cambio es Evo Morales, todo un símbolo: el primer presidente indígena; cocalero, políticamente incorrecto, partidario de Ahmadinejad y el hermanamiento de las naciones bolivarianas. Infame entre los capitalistas extranjeros por haber revertido sus ganancias de 4:1 a 1:4, un hecho que dotó a su administración de una partida presupuestal para incrementar el gasto gubernamental sin precedente.  

Sería erróneo establecer que el gobierno obradorista busca semejanzas con el evismo, pero parecería ingenuo descartar la existencia de ellas: siendo incluso abismales las diferencias en cuestión geográfica y demográfica entre las naciones que presiden.

A pesar de tener una extensión territorial del 58% de la mexicana, Bolivia cuenta apenas con el 8.5% de su población. Igualmente, la composición indígena, proporcionalmente, representa el doble que en México.

Su IDH es medio, y la desigualdad sigue siendo palpable entre la población, con un GINI que mejora progresivamente, sin que este sea inferior al de nuestro país todavía.

Por ello Bolivia resulta un caso de estudio bastante rico para entender un éxito relativo de las políticas del socialismo del siglo XXI, y las posibles desavenencias que puede llegar a gestar: ni pueden medirse sus efectos únicamente en la visión histórica de su implementación en nuestro propio país, pues los factores heterónomos no son los mismos, ni tampoco en la situación actual de otras naciones donde se han implementado de estas políticas, pues se tendría una visión sesgada.

En realidad, el mencionar que Bolivia es una nación eminentemente socialista sería un error, pues permite la inversión privada, bajo la estricta observancia del estado, eso sí. La Bolivia de hoy en día se asemeja más al México echeverrista de lo que lo hace a un socialismo duro; al émulo cubano como argumenta ser.

Una vez entendida la situación social, resulta oportuno transitar a las similitudes políticas, entre las que se encuentra la apelación al indigenismo.

La refundación de Bolivia en 2009 como “Estado Plurinacional” fue la culminación de una escalada de proclamas que apelaron a dignificar a la población nativa, pero tenían el trasfondo de legitimar la reelección de Evo Morales.

Sin embargo, su permanencia en el Palacio Quemado llevó a un absurdo. Tras perder el referéndum de 2016, la Corte, convertida más en “aplaudidora” que un poder diferenciado, se pronunció a favor de conseguir un sustento para el tercer mandato de Morales.

Así se presentan análogamente los ejemplos bolivarianos, donde el poder que podría apreciarse más discreto en su ejercicio, el Judicial, actúa conforme a la voluntad del ejecutivo, e incluso obra en una modalidad casi nietzscheana, al hacer primar la interpretación de un texto sobre su propio contenido con el fin de lograr la perpetuación de un mismo individuo en la silla presidencial.

Una vez que esta actividad se vuelve insuficiente, se busca la redacción de un texto enteramente nuevo.

 Allí radica el principal riesgo que al que se expone México: el nepotismo en el nombramiento de ministros de la Suprema Corte de Justicia, con ex militantes de Morena o cónyuges de cercanos al presidente López Obrador y las recientes declaraciones del ejecutivo para encaminar a México a la redacción de una nueva Carta Magna.

Sin más, conviene inquirir: ¿Qué tanto apego observará el gobierno obradorista, tanto política como económicamente a los modelos ya implementados del socialismo del siglo XXI en América Latina?

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