Por Damian Milian

Para nadie es un secreto el enorme poder político con el cual llegó a Palacio Nacional la actual administración. No obstante, da la sensación de que, lejos de diluirse a pasos agigantados como en anteriores administraciones, ésta solo da pequeños tropiezos a pesar de las contradicciones de Romo, los cambios de opinión de Espriú,  la práctica y llana desaparición de Urzúa, y finalmente el menosprecio a la autoridad de Cordero y su relevo por Ebrard. Sin embargo, más allá de los embates “fifís” de la prensa “conservadora” no se vislumbra nada más dentro del poder político que haga frente a estas situaciones tan lamentables y conocidas por la población en general. Tras lo anterior nos queda la pregunta que deberíamos de hacernos siempre frente al poder:

¿Y la oposición?

Y nos referimos a la oposición formada y construida propia de regímenes democráticos como el nuestro, esa oposición al oficialismo que debe de existir en cualquier democracia sana; entonces, ¿Qué sucede con “nuestra” oposición? ¿Podríamos repasar brevemente la calidad de “nuestra” oposición? Y la respuesta sería “sí” pero, personalmente creo que sería desperdiciar líneas de escritura en algo tan vago y vacío como lo que actualmente se pondera en la escena pública:

Por un lado una derecha de cimientos débiles con Acción Nacional de frente, ¿Podríamos optar por jugar a la estadística con esa opción política? Sí, ¿Nos arriesgaremos? Personalmente no.

Por otro lado un Revolucionario Institucional de centro-izquierda hecho añicos. En aquellos lugares recónditos del territorio nacional donde todavía tiene presencia política, gobierna con victorias muy cuestionables.

Finalmente, una izquierda destruida, sin dirección ni rumbo y sin el interés de sus “dirigentes” por encausarlo nuevamente: el Revolucionario Democrático que sin duda alguna representa la enorme derrota que vivieron los partidos tradicionales frente al tabasqueño en los comicios federales de 2018.

A pesar de este breve recorrido todavía no se resuelve el tema principal: ¿Y la oposición?

Ante este panorama nada alentador surge un mórbido proyecto político de centro-progresista-liberal-socialdemócrata; y no querido lector, no estás leyendo mal: Futuro 21 es un proyecto político de ese cauce, anunciado el 24 de Junio de 2019 que promete ser un proyecto que tome forma con base en la sociedad civil, el interés demócrata y las causas económicas. Por supuesto, Futuro 21 está conformado por antiguos miembros de partidos satélites y de partidos con fecha de expiración como el PRD en su mayoría; y no me lo tomen a mal, quiero oposición, pero una oposición verídica con estructuras fuertes y convicciones igualmente fuertes aunque no simpatice con ellas. Sin embargo, Futuro 21 es un proyecto que lejos de empezar bien la fiesta, la empieza mal y, de llevarse a cabo y transformarse en una realidad plausible, lo único que logrará será prostituir términos y luchas por un mero fin electoral; y no querido lector, no me saco esta conclusión de la manga, utilizar el término liberal y adjuntarlo a la socialdemocracia es algo que ya sucedió; sucedió con los demócratas a finales de los 60’s y principios de los 70’s y terminó terriblemente mal. Al prostituir términos para este fin, lo único que se logrará es que se precarice aún más la situación de estos actores políticos de antaño.

Señores dinosaurios de la política mexicana, si no tienen buenas ideas no utilicen luchas a las que ustedes no han pertenecido nunca como bandera de una “nueva” opción política, porque lo único que terminan demostrando es lo que desde el poder se les dice «no saben ser oposición».

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